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LA TIERRA

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Resultaría imposible tratar de definir la cocina de Luarca y no hacer referencia al enorme privilegio que supone su situación: La Rasa Costera del occidente asturiano. Ese lugar paradisíaco donde la montaña y el mar se funden en una verde alfombra de prados florecientes en los que brotan las setas, las fabas, las verduras, las patatas, el maíz, las setas. Donde pastan plácidamente, a la vista del viajero, las vacas asturianas que nos darán esos quesos y esas carnes “Alimentos del Paraíso” con Denominación de Origen. Donde, en algunos casos la ternera en libertad y la lubina salvaje enganchada al anzuelo del pescador, podrían mirarse a los ojos. Berzas para el pote, verdinas para guisar con mariscos, maíz para alimentar al Pitu de Caleya. Huevos de casa, que con patatas también caseras consiguen que un chorizo de la matanza pasado por la sartén se convierta en un manjar de dioses. Callos por Santa Catalina, elaborados con despiece de animales que han sido criados en la propia casa. Una tierra fresca y rica enfurecida al socaire del viento del norte del Cantábrico, al que mira de frente, seleccionando para nuestros visitantes lo mejor que producen nuestros campos, y a quién parece repetir en cada susurro aquellos versos de Alfonso Camín: “…Y seremos como el roble, con el viento en guerra…”.
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